¿Cómo empezaron los perros a ser perros? Una historia del “mejor amigo del hombre”

"El mejor amigo del perro", del bestseller inglés Simon Garfield, investiga la compleja y antigua relación entre perros y humanos. “El mejor amigo del perro”, del bestseller inglés Simon Garfield, investiga la compleja y antigua relación entre perros y humanos.

Hoy en día, y desde hace ya algunos siglos, los perros son una pieza clave de nuestras vidas. “El mejor amigo del hombre” no solo es el animal doméstico por excelencia, sino que también existen perros guía y de compañía, perros lazarillos, perros que detectan drogas, cáncer y bombas, perros que cazan, compiten y más.

Pero, ¿cómo empezó esta relación para muchos simbiótica que tanto se extiende hacia atrás en el tiempo? ¿Es cierto que el perro desciende del lobo gris? ¿O que el ser humano lo domesticó con el fin de utilizarlos para la caza y la protección de sus bienes? ¿Y qué hay de los que dicen que, en realidad, la domesticación se inició con fines alimenticios, es decir, que los humanos empezaron a adiestrar a esos perros primitivos para comerlos?

En El mejor amigo del perro, el escritor e investigador inglés Simon Garfield -autor de bestsellers internacionales como En el mapa. De cómo el mundo adquirió su aspecto y Postdata. Curiosa historia de la correspondencia– escribe una “breve historia de un vínculo único” que ahonda en la relación entre perros y humanos, aquella cuyos orígenes todavía generan disputas en la antropología, la arqueozoología y las distintas ramas de la ciencia que de esto se ocupan.

Desde las primeras pinturas rupestres que representaban la primigenia domesticación de los perros hasta los actuales concursos de talentos perrunos, El mejor amigo del perro, editado por Taurus, es un libro indispensable para cualquiera que haya querido alguna vez a uno de estos hermosos animales.

Así empieza “El mejor amigo del perro”

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El 11 de julio de 2017, el Journal of Anthropological Archaeology recibió un entusiasta correo electrónico de una doctora llamada Maria Guagnin. El mensaje era un resumen de la investigación que había llevado a cabo en dos polvorientas excavaciones en el noroeste de Arabia Saudí, y las fotografías que adjuntaba en él mostraban grabados en rocas antiguas que representaban 147 escenas de caza, con persecuciones y capturas de leones, íbices, gacelas y caballos.

La doctora Guagnin fechó los grabados entre los años 8000 y 6000 a C , y explicó lo mucho que revelaban sobre la supervivencia humana en este árido paraje de la península arábiga. Pero aquellos grabados eran algo más; constituían las primeras pruebas visuales de la domesticación de los perros por parte del ser humano.

La doctora Guagnin, que se doctoró en Edimburgo y trabajó en la Escuela de Arqueología de Oxford antes de trasladarse al Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia Humana de Jena (Alemania), es especialista en relaciones prehistóricas entre humanos y animales. Tres meses después de recibir aquel correo electrónico, la revista decidió saltarse el programa de publicaciones académicas establecido y publicar en línea el artículo.

El escepticismo que provocó en un principio no tardó en transformarse en asombro y fascinación; Melinda Zeder, arqueozoóloga del Instituto Smithsonian de Washington D C , calificó aquel informe de «verdaderamente sensacional», una expresión no muy habitual en los científicos.

Algunas de las fotografías se procesaron con un programa informático que hizo que los dibujos de perros que mordían el vientre o el cuello de un íbice parecieran recién esbozados con tiza apenas un día antes. En otros se veía con claridad que muchos de los perros llevaban correa. Algunos estaban amarrados a la cintura del cazador, lo que le dejaba a este las manos libres para utilizar el arco y la flecha. En uno de los grabados, un cazador armado aparece rodeado de trece perros que miran fijamente en la misma dirección, hacia su presa, presumiblemente.

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Esas muestras de arte rupestre proceden de las regiones de Shuwaymis y Jubbah, una zona célebre por la riqueza de sus hallazgos arqueológicos. En los 273 paneles de arte rupestre documentados en Shuwaymis aparecían 52 perros, mientras que en los 1131 de Jubbah había 127. Todos esos perros pertenecían a una raza muy antigua, la de Canaán, que debe su nombre a la región en la que se asentaron los fenicios alrededor del año 500 a.C.

La doctora Guagnin dedujo que esta raza había llegado allí desde Levante o que descendía directamente de los lobos árabes, y observó que todos tenían características similares: orejas erguidas, hocico corto y cola enroscada. Muchos de ellos mostraban, además, grandes manchas blancas en el pecho y otras más pequeñas en los hombros, una señal típica que se aprecia también en los grabados rupestres.

Al perro de Canaán se lo conocía —de una guisa más romántica— como «perro pastor beduino» o «perro paria palestino errante». Aquellas imágenes rompieron todos los récords. Los antropólogos estaban de acuerdo desde hacía mucho tiempo en que la domesticación de los perros comenzó hace decenas de miles de años, pero estos grabados pasaron a convertirse en la prueba artística más temprana.

En su artículo, redactado junto con dos colaboradores del Instituto Max Planck, la doctora Guagnin especulaba sobre la importante presencia de la correa; se preguntaba si se debía a que a algunos perros se los consideraba especiales por sus destrezas para rastrear, muy apreciadas, o bien se los protegía, por su juventud o su vejez. Quizá se los ataba para proteger a sus dueños ante un eventual ataque de sus presas, o para ayudarles a transportar la carne al campamento. Es posible que los perros desatados se desempeñaran mejor, por naturaleza, en las labores de ataque y acoso, como se ve en varias escenas en las que parecen rodear a sus objetivos después de empujarlos hasta el borde de los acantilados.

Comoquiera que sea, los grabados sugieren un claro avance en el uso de los perros como individuos adiestrados, en lugar de como jaurías salvajes. Los humanos asignaron a los perros tareas distintas y, posiblemente, nombres distintos también. A partir de aquel momento, los perros y los humanos no dejaron de caminar hombro con hombro.

La asociación entre humanos y perros ha intrigado a los antropólogos y los arqueozoólogos desde que sus respectivas disciplinas echaron a andar. Pero es tal la incertidumbre cronológica que enturbia el debate, y tan variadas y sugerentes las teorías sobre cuándo el lobo se convirtió en perro —cuándo el Canis lupus se transformó en Canis lupus familiaris—, que la veda sigue abierta.

Desde hace varios milenios (al menos ocho, aunque algunos científicos que pueden ser hasta cuarenta), el humano ha utilizado al perro en las más diversas actividades. Desde hace varios milenios (al menos ocho, aunque algunos científicos que pueden ser hasta cuarenta), el humano ha utilizado al perro en las más diversas actividades.

Cada pocos meses, aparece en las revistas científicas una nueva interpretación de los hechos, cada una de ellas más firme y convincente que la anterior, cada una con su propia cronología, pero ninguna del todo concluyente. Eso sí, todas ellas se mueven dentro del mismo arco cronológico; se cree que los humanos empezaron a domesticar perros hace entre quince mil y cuarenta mil años.

Las primeras pruebas visuales son a la vez dramáticas e ingenuamente bellas, como pasa con la mayoría del arte rupestre, pero no nos dicen cuándo ni por qué los perros evolucionaron a partir de los lobos. Y, desde luego, no nos ayudan a determinar si todos los perros —los cientos de razas, con toda su diversidad física y sus funciones y características diferentes— surgieron del ADN de una raza en especial (quizá la de Canaán) o de varias.

En lo que concierne a los perros, como sucede con muchas otras cosas en la vida, el arte llega solo hasta cierto punto. En la actualidad, a mediados de 2019, la lista de las últimas teorías y descubrimientos —qué ocurrió, cuándo y cómo— le deja a uno la sensación de estar perdido en una insatisfactoria novela de suspense, en unas pesquisas policiales mediante las cuales el escritor se va aproximando a una conclusión satisfactoria y, casi seguro, aplastante, pero que, en última instancia, dejará sobre los hombros del lector la tarea de tener que elegir entre varios finales posibles.

Algunas de las pruebas se contradicen entre sí, pero, al fin y al cabo, es el afán de eliminar estas incongruencias lo que impulsa a los científicos. Llegados a este punto, debemos tener presente algo que, en ocasiones, puede resultarnos difícil a quienes pasamos mucho tiempo en los parques preguntando a los perros «¿y tú de qué raza eres?»: debemos recordar que la mayoría de los perros son cruces, mezclas.

Según Kathryn Lord, investigadora y especialista en la evolución del comportamiento canino que trabaja en el Instituto Broad del MIT y en Harvard, hay entre setecientos y mil millones de perros en el mundo. La gran mayoría de ellos, probablemente más del 80 por ciento, se crían a su aire, sin injerencia humana, y una gran parte de estos viven junto a nosotros, aunque no en nuestras casas, y se buscan la vida en vertederos y cubos de basura. (Resulta cuando menos llamativo, y sobre todo parece una tomadura de pelo lingüística, que la mayoría de los perros domesticados sigan viviendo en libertad).

En climas cálidos, el perro de los pueblos y aldeas tiene el pelo corto y pesa unos quince kilos, mientras que en climas fríos suele ser más grande y de pelaje más largo y espeso. Predominan en él el color amarillo sucio y el vientre blanco. Es muy parecido a su ancestro original y vive en un entorno similar al de sus antepasados de hace muchos miles de años.

Los perros lazarillo están entrenados para acompañar y asistir a personas con ceguera y otro tipo de impedimentos físicos. Los perros lazarillo están entrenados para acompañar y asistir a personas con ceguera y otro tipo de impedimentos físicos.

Todo el mundo parece estar de acuerdo en que los perros proceden del lobo gris. Las pruebas de ello se han ido acumulando gradualmente a lo largo del último siglo —un conjunto de opiniones cada vez más convincentes, proporcionadas por disciplinas científicas de muy distintos ámbitos— y han sido confirmadas por el análisis genómico; postular ahora otra teoría sería como negar la existencia de la Luna.

Pero los científicos más destacados del siglo XIX no pensaban lo mismo. En 1895, Nathaniel Southgate Shaler, decano de la Escuela Científica Lawrence de Harvard, escribió que «algunos estudiosos han aceptado la hipótesis de que el perro desciende del lobo; se cree que nuestros primitivos ancestros capturaban cachorros de esta especie y los domesticaban» Pero Shaler no estaba de acuerdo.

El principal escollo de esta teoría es que, incluso con la gran cantidad de cuidados que las condiciones actuales de la civilización permiten dedicar a la tarea de domesticar a los lobos, ha sido poco menos que imposible educar a los ejemplares cautivos de esta especie hasta conseguir que muestren afecto por sus amos o resulten mínimamente útiles para el hogar o la caza; son indomables, feroces y del todo egoístas. Parece poco razonable, pues, creer que el esfuerzo de domesticar cualquiera de las especies de lobos conocidas haya reportado a algún salvaje placer o beneficio alguno.

A Shaler tampoco le convencía la teoría —muy en boga en la época victoriana— de que el perro descendía de una combinación de lobo, chacal y coyote. Él creía que procedían de una especie a la que denominaba «perros primitivos». Afirmaba, aunque sin pruebas concluyentes, que había muchos ejemplos de especies que se extinguieron por completo para reaparecer después como un tipo diferente, más evolucionado, aunque sus afirmaciones se basaban únicamente en el descubrimiento de esqueletos de perros de unos cuantos miles de años de antigüedad.

Pero ¿qué llevó a los humanos a emprender la tarea de la domesticación? La ciencia sigue teniendo dificultades para responder a esta pregunta. Nathaniel Shaler se hizo eco, hace ciento veinticinco años, de la opinión generalizada según la cual los humanos acogieron en un principio a los perros en sus vidas para que les hicieran compañía, más que para servirse de ellos, una idea contraria a lo que se piensa en la actualidad.

Creía también que los primeros perros, cuyas motivaciones para acercarse a los humanos tenían que ver, seguro, con la disponibilidad de comida en los alrededores de los campamentos, a menudo se convertían ellos mismos en una fuente de sustento y se los devoraba en periodos de escasez.

Quién es Simon Garfield

♦ Nació en Londres, Inglaterra, en 1960.

♦ Es escritor especializado en no ficción.

♦ Es autor de bestsellers internacionales como Es mi tipo. Un libro sobre fuentes tipográficas (Taurus 2011), En el mapa. De cómo el mundo adquirió su aspecto (Taurus 2013) y Postdata. Curiosa historia de la correspondencia.

♦ Por su estudio sobre el sida en Gran Bretaña, The End of Innocence, obtuvo el premio Somerset Maugham.

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Source: pagasa.edu.vn

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